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LA LEYENDA DEL MAGUEY
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17 November 2017
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Author :  

Por: José Salvador Chávez Ferrusca 

mage

Una vez que los dioses del Anahuac dieron a los hombres toda clase de frutos y les enseñaron las técnicas para la siembra y cosechas de los mismo, advirtieron que aquello no bastaría a los moradores de la Tierra para ser felices, así que reflexionaron sobre la necesidad de crear algo que les provocara regocijo, los incitara al canto y al baile y despertara sus pasiones.

Ehécatl, el “Señor de los Vientos”, recordó que, en un lugar muy lejano, había conocido a Meyáhuel, diosa agrícola de belleza exquisita e inteligencia notable, y fue a buscarla para solicitar su apoyo y consejo.

La doncella, que era parte de un grupo de vírgenes al cuidado de su abuela Tzitzimitl, conocedora experta de las artes mágicas, tenía prohibido, al igual que sus hermanas, ausentarse sin permiso, bajo la amenaza de perder la vida en caso de hacerlo.

Ehécatl llegó cuando todas dormían, y sabedor de la férrea disciplina a que estaban sujetas las jóvenes, despertó de manera prudente a Meyáhuel, la condujo a un sitio seguro y le explicó los motivos de su visita.

La deidad aceptó unir sus poderes mágicos a los de su amigo para dar alegría a los hombres y juntos se dirigieron al mundo.

En el momento en que sus pies se posaron en la tierra, se transformaron en un hermoso y corpulento árbol que se abría en dos grandes ramas: la correspondiente a Ehécatl era Quetzalhuéxotl, o “árbol florecido”.

Mientras tanto, la vieja guardia despertó, buscó a Meyáhuel, y al descubrir su partida, estalló en cólera. Entonces decidió convocar a todas las diablesas (Tzitzime) para que ayudaran a localizar a su nieta, y cuando por azar pisaron la tierra próxima al árbol majestuoso, éste se desgajó y las dos ramas quedaron separadas.

La magia de Tzitzimitl le permitió reconocer a Meyáhuel y devolverle su aspecto original. Después, llena de furor, la destrozó y repartió sus miembros entre sus acompañantes para que los devoraran.

Cuando las diosas malévolas se marcharon, Ehécatl recobró también su antigua forma y, apesadumbrado, recogió los huesos de la doncella que habían quedado esparcidos por el suelo y los enterró uno a uno en los campos. De ellos brotó al poco tiempo una hermosa planta de grandes hojas ahusadas, la cual, practicándole incisiones en el tronco, producía un líquido dulce que fermentado dio origen a la bebida espiritosa denominada pulque, quedando satisfecha la divina intención original de brindar un medio a los humanos para alegrar sus corazones.

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E.G.
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