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LEYENDA DE LOS CAMOTES SANTA CLARA
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29 November 2017
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Author :  

Por: Magdaleno Rosales Jiménez +

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Cuenta la leyenda que en el convento dominicano de las religiosas de Santa Inés (fundado en el año de 1626), se encontraba María de los Ángeles; una niña traviesa y juguetona que, a punto de cumplir sus trece años de edad, hacía del convento todo un barullo de diabluras. La madre superiora mostraba un gran cariño y comprensión por Angelina como si fuera su propia hija, tolerando todas sus travesuras por ser consciente de su corta edad. Ante la presión de las demás monjas y novicias en contra de la actitud de Angelina, la madre superiora no tuvo más remedio que castigarla para enderezar su actitud. El castigo fue mandarla al claustro del convento dominico de las madres de Santa Rosa (instaurado en 1683). En este convento, la madre superiora, conociendo la conducta de Angelina y, para evitar problemas con las demás hermanas, la mandó a la cocina como reprimenda; ahí debía barrer y lavar el piso de ladrillo, el brasero y los trastos, entre otras actividades. Angelina aceptó el encargo, en el que se desempeñó muy bien, y cambió rápidamente de actitud, gracias a esto, pasó de los quehaceres domésticos al cuidado de la despensa. Angelina se encargaba de recibir los productos que abastecían la bodega del convento, entre las muchas cosas que ahí se almacenaban se encontraba el camote, no como lo conocemos actualmente, sino el simple tubérculo sin endulzar y sin colorante; el camote era un alimento consumible a toda hora, que las monjas del convento se cansaron de su sabor. Días después el señor obispo, don Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún, iba a visitar el convento, por lo que la madre superiora tuvo la brillante idea de obsequiarle una golosina diferente y distinta a las demás. ORDENÓ ALAS COCINERAS QUE PENSARAN EN LA ELABORACION DE LA GOLOSINA, CLARAMENTE ENTRE ELLAS SE ENCONTRABA ANGELINA QUE, ANTE LA POCA DEMANDA DE IDEAS, TUVO EL VALOR DE DECIR; NO SE AGITEN SUS MERCEDES POR TAN POCA COSA, EL PROBLEMA ESTÁ RESUELTO Y FÁCILMENTE; DAREMOS A SU ILUSTRISIMO, CAMOTE”. Ante el sombro de la noticia, las monjitas dieron el grito en el aire: “¿CAMOTE AL SEÑOR OBISPO?” LA MADRE COCINERA LA REPRENDIÓ: Estás loca o eres una necia, si ya nadie aquí lo desea y hasta su olor nos marea”. Sin embargo, Angelina insistió: “Sí, CAMOTE AL SEÑOR OBISPO ¡CAMOTE!, Y HASTA SE CHUPARÁ LOS DEDOS AL SABOREARLO, PORQUE SERÁ “BOCATO DE CARDINALE”. Y así, Angelina se puso a elaborar el misterioso dulce, y viendo los tubérculos, revolviendo la pasta que se había hecho, agregando buena porción de piña y azúcar a la masa y, por último, sacándolo del cazo, dejándolo enfriar y comenzando a hacer pequeñas porciones a las que les dio forma de bolos y para terminar, decorándolos con pinturas vegetales. EL OBISPO LLEGÓ AL CONVENTO Y AL TERMINO DE SU VISITA, SE LE DIO DE COMER LA NUEVA GOLOSINA, A LO CUAL EXPRESÓ: “¡QUE EXQUISITO DULCE! pidió más y aseguró que había sido una dulce sorpresa; a partir de ese momento a puebla y a su gente se le conocería como la ciudad de los camotes, haciendo alusión a esta deliciosa golosina. Angelina dejó la vida monástica y jamás regresó al convento de Santa Inés. Optó por una vida matrimonial, tuvo muchos hijos y trabajó con su esposo en un pequeño establecimiento junto al convento de Santa Clara, donde se vendía, por supuesto, el camote de su invención en cajitas de cartón, y donde ostentaba una etiqueta con la leyenda: “CAMOTES DE SANTA CLARA”.

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E.G.
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