Colaboración semanal - Fe de ratas - Hidalgo, héroes sin rostro

Ese conjunto de creencias que se hacen pasar por convicción a las que solemos llamar “imaginario colectivo” suele dotar a ciertos personajes con propiedades que los hacen sagrados, inmaculados, intocables.

Dejan de ser seres humanos para transformarse en símbolos de la colectividad y como tales, ajenos a cualquier escrutinio crítico. Para un vasto conjunto de héroes nacionales (Juárez, Villa, Zapata, Madero) sólo cabe la admiración acrítica y el reconocimiento exagerado, rayano en la idolatría. Y para los villanos (Iturbide, Maximiliano, Porfirio Díaz) el escarnio carente de reflexión. Un drama elemental de buenos vs. malos.
 
Pasa lo mismo con algunas figuras de nuestra historia. Sea el caso de Miguel Hidalgo y Costilla. Es tan poco lo que en realidad sabemos de él que no tenemos claro ni siquiera cuál sería su aspecto. El rostro sereno y dubitativo que recordamos de los libros de texto y las estampitas que nos hacían pegar en nuestras libretas en vísperas del 16 de septiembre procede de la pintura que Joaquín Ramírez elaborara por órdenes de Maximiliano de Habsburgo. Tuvo el envidiable honor de reproducirse en el billete de 10 pesos de 1975. Pero éste no es el del cura de Dolores. Las hipótesis son muchas y le dan al modelo diversas profesiones y nacionalidades, pero sólo una cosa es clara: este Hidalgo procede del imaginario colectivo, no de la historia. Así imaginaron a Hidalgo quienes quisieron recuperar para sí un pasado que no tenían.

Parece haber acuerdo entre los historiadores que la única imagen tomada directamente de Hidalgo es una pequeña estatua de apenas 20 centímetros de alto, que un escultor partidario de la Insurgencia, Clemente Terrazas, hiciera en el año de la insurrección, tal vez en octubre de 1810. En ésta aparece un hombre de nariz aguileña, tocado por un sombrero de copa, muy alejado del prototipo creado por Ramírez. La falta de detalle no nos permite hablar con propiedad de un retrato.

Tampoco sabemos con precisión qué dijo en el Grito de Dolores, pero resulta poco creíble que haya mencionado la Independencia y menos aún la conformación de una nueva nación. Su problemática está inscrita en el conflicto de los peninsulares (gachupines) contra criollos (americanos), no en separarse de España. Por el contrario, la frase “¡Viva Fernando VII!” habla de un sentido de pertenencia a la Madre Patria. Desea que sea depuesto el rey José I Bonaparte, impuesto por Napoleón, y vuelva a gobernar el legítimo (que había de pasar a la historia como un gobernante tiránico).

Seguramente que esa madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810 (serían aproximadamente las 5 de la mañana) dijo “¡Vamos a coger gachupines!” como refieren las escasas crónicas del hecho. Y se debe referir a ese dominio de los gachupines sobre los americanos cuando afirma “¡Muera el mal gobierno!” Más allá de eso, nada se puede afirmar.

Pero cuando creamos esta imagen idealizada de Hidalgo la historia importa poco. No hablamos de él, sino de nosotros. De cómo imaginamos a esos hombres prodigiosos de los cuales descendemos, de cómo ha de ser ese padre idealizado que nunca soñó en este país que hoy habitamos.
 
 

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