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El Pantera: cuatro décadas de historia y espejo de un oficio eterno

Hechos Atlixco entrevistó a Arturo, un boleador atlixquense con más de 40 años de experiencia, que realiza su oficio en el zócalo de nuestra ciudad


El oficio de bolear zapatos ha resistido el paso del tiempo, desafiando la automatización y manteniéndose como un arte que solo las manos expertas pueden dominar. En Atlixco, pocos nombres resuenan tanto en este gremio como el de Arturo Juárez, aunque para todos es simplemente "El Pantera".

"Más que Arturo, todo mundo me conoce por El Pantera, ya hasta mi nombre se me olvida", nos dice entre risas. Con más de cuarenta años de trayectoria, este maestro del betún comenzó a trabajar desde muy joven, obligado por la necesidad.

"Soy huérfano de padre desde los seis años y tuve que trabajar en un horno de tabiques, pero mi madre se preocupó por mi salud y me sacó de ahí. Fue entonces cuando conocí a un gran bolero del zócalo que me enseñó el oficio", relata.

Oficio de constante superación

Lo que comenzó como una alternativa para subsistir, pronto se convirtió en su pasión. "Hoy no solo boleo zapatos, también pinto chamarras, cinturones, bolsas, hago cambios de color… hasta he salvado a clientes en apuros, como padres cuyos hijos necesitaban botines blancos para un bailable", dice con orgullo.

Pero no todo ha sido fácil, porque el mismo entrevistado afirma que deben de superarse y ampliar su conocimiento. "Antes solo boleábamos. Ahora hay que saber limpiar gamuza y otros materiales. Mis compañeros la tienen más sencilla porque solo me ven trabajar y aprenden, pero yo tuve que buscarle", asegura.

Una boleada de 30 pesos

Uno de los recuerdos más entrañables de su carrera lo llevó a conocer a una leyenda del cine mexicano: Mario Almada. "No tenía televisión, solo lo conocía por revistas. Un día, en el 86, vino con su hermano Fernando a hospedarse en el Hotel Balmori. Cuando lo vi, le ofrecí bolearle los botines. Me sorprendió su sencillez, me habló bien, me preguntó sobre mi trabajo. En aquel entonces cobraba siete pesos por la boleada, pero él me dio treinta y me dijo: ‘Así está bien, te compras un refresco’. Me alcanzó para varios, no para uno", cuenta con una sonrisa.

Así es la vida de El Pantera, un testigo del paso del tiempo que sigue brillando con el mismo entusiasmo de siempre. Su historia nos recuerda que hay oficios que nunca podrán ser reemplazados, porque llevan consigo el alma y el esfuerzo de quienes los ejercen.